Y si, quizá sea un pelotudo..

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Llegás a tu casa embarrado hasta los ojos y cansado como perro. En la vereda desparramás tu arsenal de cañas y bolsos con las cosas de pesca y un vecino, de puro chusma nomás, te pregunta ¿que tal estuvo el pique? y con una sonrisa de oreja a oreja respondés que fue un día maravilloso. ..

– “Ajá, y ¿dónde están los pescados?“. – “Acá”, y le mostrás con el pecho inflado las fotos de las taruchas que pescaste y las imágenes que querés perpetuar por siempre en una foto. – “Pero…¿porqué no las trajiste? Que empanadas, que tartas me hago con esos bichos! Te encargo una cuando vayas de nuevo”Esa puñalada artera a tu corazón – que con el tiempo creó una coraza ante situaciones por el estilo -.

Todavía te duele un poco y con una mezcla de rabia y compasión le explicás, quizá en vano, que vos no pescás para hacer empanadas ni tartas, que pescás para llenar tu alma de satisfacciones y te sentís totalmente satisfecho, honrado, cuando la tarucha vuelve al agua. Y si en la huída rompe la calma con un borbollón salpicandote te sentís bendecido por la gracia divina.

– “Mirá que te gusta andar de loco, embarrado, mojado y cansarte al pedo para no traer nada“. – “¿Para no traer nada? Estás equivocado“, le respondí. Del río, arroyo o laguna donde pesco me traigo los recuerdos que dejó el día. Pueden ser de “La Pesca” que, creo, nunca más se volverá a repetir o de “ese día” que gastaste suela recorriendo campo y aguas calmas, tirando una, diez, cien mil veces con la esperanza, con la ilusión que una tarucha te haga soñar y que nunca se dió.

 

Traés mucho, muchísimo más que una pesca. Traés una siesta cargada de chicharras cantándole a la resolana. Te traés el arrullo de las torcazas delatando a La Solapa escondida entre el pajonal. Te traés la imagen de ese casalito de siriríes nadando en la laguna con los pìchones. Te traés ese atardecer que le roba los rojos más intensos a las flores del ceibal, Siempre traés la mochila del alma cargada de imágenes de todo tipo cuando disfrutás esos momentos sublimes que te da la pesca.

– “Insisto, si no traés nada, ¿para qué vas a pescar? Así no tiene gracia“. – “¿Sabés dónde está la gracia de no traer nada de lo que pesco?”…. si me traigo la tarucha que me paró el corazón, esa bestia que tomó el señuelo de superficie haciendo explotar el agua, esa tarucha que obligó al freno del reel a trabajar a destajo, esa bestia que el único límite que conoció en las corridas que hizo, fueron las orillas. Que fue, que es ama y señora de la laguna, si me la traigo solamente Yo la pude disfrutar para transformarla en empanadas.”

En cualquier deporte, cuando el partido es a tiza y hacha los rivales se saludan al finalizar esa gesta heroica y cada cual regresa a su hogar, lo mismo pienso Yo cuando pesco. ¿Porqué matar al rival después de la batalla? Es como si jugaran un clásico y después del partido los ganadores se comieran a los que pierden. El vecino da media vuelta y se aleja por la vereda viendo que de sus labios escapa casi inaudible un – “Pelotudo”. Y si, quizá sea un pelotudo pero feliz, con la satisfacción de tener guardada por siempre en las fotos de todas esas taruchas que me brindaron tanta dicha y alegría.

Gentileza y autoría de Jorge Cicerone

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